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Actualizado 18/05/2013
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Te presentas ante mí. Estás sonriendo, como una niña de 10 años. Estás echada en el suelo y das vueltas como una croqueta. Te ríes, te pones de pie. Eres muy delgadita, muy ágil. Sigues riéndote y caminas hacia delante. Llega un momento que se ve una pared negra. Tú las traspasas y te oigo llamarme desde el otro lado. Tengo bastante miedo, pero la atravieso.
Estamos arriba de un peñón. Hay un pequeño riachuelo y cae formando una cascada justo donde nosotras estamos, unos 20 metros abajo, formando una cascadita de gotitas de agua nada más, y llega a un estanque, diminuto, potenciado por el hombre para guardar ahí alimento, peces frescos, como una despensa. Han crecido plantas por los techos del estanque, es algo precioso.
Me dices que ese no es un buen lugar para jugar. Te puedes resbalar, y si te caes te matas. Que a ti te pasó eso. Estabas allá arriba, resbalaste y caíste a la poza. Y te abriste la cabeza. Fue algo muy desagradable. Te pregunto si lo pasaste mal, si pasaste miedo. Me dices que no, que fue un segundo nada más. Quien lo pasó mal fue tu madre. Toda su vida lo pasó mal. Y en esta vida tiene aún resentimiento, porque su niña preciosa se cayó y murió. Cayó un mal día que hacía mucho viento, un día de mal agüero.
– Yo no me hice daño, a mí no me pasó nada. Vinieron a buscarme, y me fui al cielo. Pero mi madre lo pasó muy mal. Sufrió mucho. En esta vida quiero ayudarla, no quiero que sufra más por mí. Sigue siendo mi madre, aunque en otra reencarnación. Tengo que ayudarla, para que perdone ese resentimiento que tanto dolor la causó.
La veo que se va corriendo. Han venido a buscarla sus bisabuelos o algo así. Se va directa, no pasó ningún tiempo intermedio. Como es una niña, fuiste directamente al cielo, con una gran felicidad y mucho cariño. Y veo abajo que está tu madre llorando. La echabas de menos, la querías ayudar, pero tus abuelos te decían “después”. Aún no podías. Y “después” significa en forma de ángel, que primero tienes que ascender y luego regresas y ayudas a quien necesita. Pero eras una niña y no te permitieron quedarte.
Me das un abrazo muy grande. Me dices:
– A veces las madres se apegan tanto al dolor de la pérdida, que pierden de vista lo más esencial, que es la vida, la vida propia. Y eso no puede ser. Cada persona debería de vivir su vida libre, crecer libre. Cada persona tiene su propio plan divino. Algunas nacemos para morir pronto, otras no. Pero no podemos planificar la vida del otro. No podemos controlar. Porque cada uno tiene su propio plan de vida. Así es.
Me dices esto con voz de niña y aspecto de niña. Me dices:
– Yo también he sido madre, y por eso también entiendo este sentimiento, de agarrar. De agarrar la vida ajena. Intentar controlarla. Pero que en el Ser, en el corazón, no hay separación, y todos somos iguales, y no hay tuyo y mío. Y los padres no son dueños. Las almas no les pertenecen, las almas de sus hijos no les pertenecen. Las almas pertenecemos a Dios. Los padres, son protectores, son los guías, los que nos dan amor, los que nos ayudan a levantarnos. Pero la vida no es de nadie.
Yo me resbalé y caí. Pero mi alma era libre. Mi alma no murió. Sin embargo, el corazón de mi madre sí. Su angustia y su pesar fueron tan grandes, que sí que murió en esa caída. Ella murió, no yo. Y yo quiero que renazca. Quiero que no vuelva a morir por ninguna caída ajena.
No se puede agarrar al alma. Sólo se la puede amar.
Me da un abrazo y me da las gracias.
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