...Receta para la felicidad:

Liberarse del apego aprendiendo a mirar el rostro de la muerte.

No existe otro momento para vivir más que este; y se te puede escapar...

Los espíritus del bosque

Los espíritus del bosque

Tu alma se me presenta con un vestido blanco. Está haciendo como danza, con unas mariposas que brillan. Según se mueve veo que el vestido es completamente fantasioso y en el pelo tiene florecitas, los pies descalzos con unas tobilleras muy extrañas que llegan a los dedos. Parece un baile tibetano pero es muy personal.

Según se mueve, se van moviendo la energía de ese lugar, y repercute en toda la energía de alrededor. Y el corazón se ilumina más y más, es algo muy hermoso de ver. Se para. Coge todas esas cosas que lucían y bailaban con ella, parecían mariposas, y me las da.

Son como libélulas, mariposillas, están vivas. Veo que son un collar. Te digo “¡están vivas!”, me dices:

 

– Claro que están vivas, sino fuera así, no nos ayudarían en la transformación. Es un collar que activa la transmutación celular. Regenera y renueva.”

Te doy las gracias por el regalo. Me dices que tú tienes otro, hace poco que te lo han regalado, que una vez tienes uno, puedes hacer una réplica y regalárselo a otra persona, insinuándome que yo haga lo mismo y te digo que no sé a quién se lo voy a regalar, y dice que da lo mismo, que será bien recibido.

Vamos saltando como si fuésemos de un cuento de hadas, por un caminito dentro de un bosque, tú estás bailando dentro del bosque, no me había dado cuenta. Creía que estábamos en una sala pero todo el rato estábamos en un bosque. Y cruzamos ese bosque, saltando.

Cuando llegamos al final me dices: “espera aquí”, hay alguien ahí, un espíritu guardián del bosque. Siento mucho respeto ante este ser. Tiene un hacha y no deja entrar al bosque a ciertas entidades, pero cuando te deja entrar, te deja disfrutar de las maravillas del bosque. A todos los que entra les echa un ojo para ver sus intenciones, y si entra alguien malo, alguien que no le gusta, le hace la vida imposible. Pone a todo el bosque patas arriba con tal de que le echen.

Yo me quedo en silencio con mucho respeto porque no quiero que me eche, incluso me siento mal por si alguna vez he tenido algún pensamiento malo. Siento que hay duendecitos por allá, hadas… el bosque está lleno de magia. Él hace un gruñido afirmativo con un gesto y te vuelves y me dices “ven, podemos entrar”. Me coges de la mano y me llevas.

Vamos saltando, sigo el espíritu del bosque se muestra bajito, es el guardián, no el ángel del bosque, pero es de mucho poder. No quiere que le vea al detalle para que no le describa.

Vamos por la laderita del bosque y entramos por un lugar que tiene una puerta etérica muy bajita, nos tenemos que agachar para entrar, y dentro hay mucha oscuridad. Cuando entramos, veo que te recoges un poquito la falda, y abres la mano, de tus 5 dedos sale unos rayitos de luz y de la palma una chispita, lo justo para que veamos en la oscuridad, tu mano se convierte en una linternita de luz.

Yo voy detrás de ti, siento que mil ojos nos observan. Estamos en una cueva, huele a humedad, se oye el sonido de una gota que cae. Vamos bajando. Oigo risas, carcajadas. Parece que hay unos seres, como enanos, que están en una fiesta. “Vamos más abajo”. Hay una puerta al final, a la derecha, llamas y dicen que pases.

La puerta de pronto es minúscula, como un pulgar de un niño de grande, y me dices que tenemos que entrar ahí, que vaya con cuidado para no pisar a nadie. De pronto te veo que entras y te conviertes en diminuta, más pequeña que una pestaña. No sé cómo puedo entrar y me da miedo pisar a alguien. Entonces viene un ser, parece un hada, y me empuja hacia dentro.

Ya estoy dentro y soy muy pequeñita.

Estamos en la casa de una señora, tiene tentáculos, es una señora muy rara. Tiene forma de árbol, más bien de raíz. Tú me miras y te ríes de lo extrañada que estoy.

Hay una ventanita al fondo desde la que no se ve más que tierra. Al fondo hay una cocinita donde la mujer se hace un té. Y al fondo a la izquierda hay como un tubo que lleva arriba, al árbol. Y siento que la mujer es la salvia del árbol: el espíritu que alimenta el árbol. Es una mujer llena de bondad.

Nos invita a tomar un té. A mí me pone menos que a ti, menos que la mitad de la taza, a ti te la llena. Das vueltas al té y te lo bebes todo de un trago. Me invitas a hacer lo mismo.

Entonces me lo bebo, y empiezo a verlo todo muy extraño. Veo que te han crecido unas orejas muy largas, los dedos se te han alargado, y te estás convirtiendo en algo como esa mujer, pero mucho más joven, y siento que a mí también me pasa algo muy parecido, pero no logro identificar qué. Siento que soy parte de un árbol, de algo mucho más grande que yo.

Te pregunto que en qué nos hemos convertido. Me dices que ahora, somos parte de un árbol y también lo alimentamos. Lo has hecho para que sepa y tú sepas lo que se siente cuando eres un árbol, el espíritu guía que alimenta un árbol.

Le damos las gracias a la señora, me das la mano, y nos vamos por una puertecita minúscula que tiene esta mujer, por debajo de la tierra.

Yo noto que tiras de mí, pero lo veo todo como tierra. Entonces me dices: “Ésta será ahora tu casita”. Y estoy dentro de una habitación chiquitita de tierra, y sigo siendo minúscula.

Tú estás al lado, en otra habitación, minúscula, y entonces sales hacia arriba, te veo que sales. Te tumbas donde da el sol, recoges la energía, coges las pizquitas de energía y las pones en el árbol, te guardas un poquito, una parte especial y la pones entre tus manos, y la calientas con tu energía hasta que se oye un sonido, una vibración. Suena Bssszzzzzzt que significa que ya tienes el alimento creado, entonces vas a la zona del árbol que está herido y llevas ese alimento como un tesoro. Entonces vas a las zonas de construcción del árbol con el alimento como un tesoro, para que crezcan las ramas. Y lo que queda, lo pones en la superficie y otros lados, para embellecerlo.

Entonces vas arriba a la copa, te metes por un hilito y bajar por ese hilito hasta bajo tierra, tu cueva, y te quedas allá dormidita, esperando a que vuelva a llover luz.

Es muy hermoso este sentimiento, el sentimiento de dar, vivir para dar, y crear. Por la mañana te despiertas, te sacudes y me vienes a buscar.

Me preguntas que qué tal la experiencia. Te digo que no me lo esperaba. Me dices que ya podemos volver a cambiar, los efectos de la infusión están a punto de terminar. Vamos a por nuestros cuerpos, los dejamos en la entrada de la casa de esa mujer.

Nos metemos dentro de nosotras, volvemos por la cuevecita escalando hacia arriba, volvemos a escuchar las carcajadas, y salimos poquito a poco.

De pronto siento que el bosque es inmenso. Es gigante. Está lleno de vida. Nunca había sentido tanta vida en un bosque. Me dices que los bosques son así en realidad, sólo que no los vemos por dentro. Tu alma me dice que eres una Dama de los Bosques, de los lugares encantados y naturales. Sabes reconocerlos, y sabes disfrutar de ellos. No quieres que tu parte consciente en esta vida no sepa esto o lo olvide, o lo malinterprete.

Cuando salimos del bosque, tú te despides del guardián y de otros seres detrás de él. Yo también me despido.

Según nos alejamos veo un aura, llena de luz, que cubre el bosque y encima, una figura majestuosa, mirándonos, no logro definir su forma, pero es una energía muy sutil que abriga todo el bosque.

Me dices que hay pocos lugares así, cada vez menos, y necesitan la acción del hombre para salvaguardarse. Si destruimos un bosque, todos esos seres se mueren, desaparecen. No tienen dónde ir porque esa es su vida. Me dices:

– Te voy a decir una cosa, esa señora tiene más de 90 años. No sólo más de 90 años, tiene más de 190 años. Es una maga. Es una mujer bondadosa, madre de la verdad, de las verdades, de los bosques. Toda su vida es dar alimento y frutos al bosque y sus hijos, las nuevas ramas, las nuevas raíces. Y nosotros despreciamos el valor de estos seres y sus frutos porque no somos capaces de reconocerles. Siempre les he visto, les he oído, les he sentido porque por dentro yo soy un espíritu de un bosque.

Te veo otra vez danzando. De pronto me llenas de alegría. Coges como luces que hay en el aire, las recoges todas, las pones en tus manos, las agitas, y las sueltas. Y cuando haces eso, pues ocurre como un fuego artificial, precioso, de energía y de luz. Me dices:

– Ésta es la luz, el aire, que alimenta los árboles. Porque es el aire la energía que alimenta los seres que alimentan realmente los árboles. Somos estúpidos al creer que podemos controlar ese crecimiento echando un poquito de agua en una maceta. Tenemos que dar alimento divino al ser que habita dentro del árbol. Permitirle crecer, darle amor, darle luz divina. Y ¡ay! qué hermoso se pone, si además de todo eso, le enseñamos a danzar con la música.

Me da las gracias y se va saltando.

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