Esa batalla se llevó a grandes hombres y no todos volvieron. La mayoría volvieron tan heridos, que nadie podía ya hablar con ellos, o su centro no estaba en nuestro lugar, se habían ido. Pero yo tenía la esperanza de que mi amigo regresase de la batalla. Hubo un tiempo que todos los que venían estaban muertos. No quería que así le pasase a mi amigo: quería que el llegase bien y que me reconociese a su vuelta.
Tengo que reconocer que no estaba seguro, cuando aún estaba con él, de si de verdad seria mi amigo o no, pero cuando marcho, mi seguridad y mi confianza puesta en él y en nuestra amistad aumento. Sabía que mi amigo no tendría a nadie más cuando volviese, y quería estar a su lado para continuar con la vida.
Pasó el tiempo y no volvió, mis esperanzas se cerraron en bando. Ni vivo ni muerto, no hubo noticias de él, simplemente desapareció.
Ocurrió que ya dejé de echarle de menos, y con el tiempo supuse que habría muerto y se habría llevado con él su cuerpo, creí que podría llevarse todo su cuerpo y su alma al viaje de los cielos. Y no paso así, claro que no. Él seguía vivo, y había decidido marchar a otro lugar. O esas son las noticias que recibí. Ciego de rencor, abandono su lugar natural, su tierra, y decidió marchar a otros lugares donde encontrar otros amigos que valiesen más, a buscar otra compañía y otra confianza.
Yo me entere un día que pasó un hombre por mi tierra y descubrió el enorme secreto de mi amigo. Contó que él se había ido, que se marchó de esta tierra tras la guerra y no quiso volver nunca más pues decía que no había nada en este lugar que pudiese hacerle volver. Y yo estuve esperándole tanto tiempo. No sabía como tomarme esta noticia, llevaba años pensando en como vendría, en que habría pasado, en si estaría bien; y él, mi mejor amigo, había decidido dejarme a un lado de su vida.
No estoy seguro de por qué lo hizo, no lo entendí entonces, y ahora, pasado todo ese tiempo, sigo entendiendo lo que no tengo que entender.
Mi amigo era un hombre bueno. Cada mañana se recorría el pueblo y los alrededores buscando cantos rodados, luego los metía en un capazo y los llevaba a una fosa de tierra para crear casas. Buscaba todas esas piedras para luego hacer con ellas las casas. Todos vivíamos en casas fabricadas por él y con esas piedras. Ese era su trabajo: coger piedras y llevarlas a una fosa para que luego todos pudiésemos tener una casa. Era el constructor del lugar. Así que vivía como todos, pero con un trabajo mas pesado. Mi casa estaba echa con sus piedras y por su puesto, yo le había ayudado en la construcción, así como hacíamos todos cuando las hacia, pero él puso casi todas las piedras.
Para mí, mi casa era una parte de él. No le veía en persona, pero veía su casa, la mía, y me sentía cerca de su corazón. Tal vez si le hubiese ayudado a cargar las piedras o a ponerlas; tal vez así se hubiese quedado en el pueblo más tiempo. No paso así. Se había marchado a otra tierra porque decía que en esta tierra no había nada para él. Todos nos sentimos heridos al enterarnos. Sólo yo descubrí que no había echo lo correcto, se había marchado del lugar donde le amaban.
Supuse que estaba en el norte porque siempre pensaba que en el norte hay tierras con personas más amables. Decía que nosotros no éramos tan buenos como los del norte, que nos molestaba todo y que siempre estábamos enfadados.
Así que, en cuanto pude, lo deje todo y me fui al norte a buscar a mi viejo amigo. Durante varios días camine por todos los lugares que entraban en mi camino pero no le vi.
Creía entonces que debía estar en algún camino oculto de las personas. Y eso estuve buscando: caminos que sólo los diablos habitan. No estaba seguro, pero estaba buscando a una persona que estaba sola, abandonada, y perdida de su tierra y sus amigos, así que debía de estar lejos de tierra amable; lejos de todo el ruido y la miseria humana, o eso creía yo. No lo encontré ahí, pero conocí gente y seres extraños que me enseñaron a caminar con cuidado, a tener miedo y a canalizar la energía mala hacia el suelo. Yo no estaba seguro pero así, más o menos lo sentía.
Como no le vi en estos caminos, decidí pensar que estaría en caminos llenos de amor, donde el rencor no pudiera entrar. Lugares de luz, de cariño, de amistad. Y allí fui. Encontré caminos hermosos, las flores se reían a mi paso y disfrute cada momento en el camino buscando a mi amigo. Aprendí a amar y a querer sanamente, aprendí a ser libre, a dormir tranquilo en la noche arropado con las estrellas y con el canto divino de la tierra y el mar, aprendí a amar sobre todas las cosas y a abrir mi alma y mi corazón a las personas. Todo era cariño en esos parajes, todo era armonioso. Fui feliz, tanto que me costo dejar esos caminos, pero mi amigo no estaba y yo quería encontrarle.
Pasó el tiempo y decidí que a lo mejor mi amigo estaba de regreso en nuestro pueblo y volví a mi casa. Descubrí que mi amigo no había vuelto, pero no perdí la esperanza.
Mi pueblo, mi gente, mi ruido y los olores cercanos ya no eran iguales. Me encantaba ese lugar, estaba lleno de luz, mi tierra estaba llena de claros y de vida, de niños y de ancianos, ahora me gustaba mucho más aquel lugar. Estuve buscando a mi amigo por todos los recónditos parajes de nuestra tierra, pero no le vi. Que hermosa me parecía ahora mi tierra, la tierra que me crió, que me enseñó a trabajar, a ser yo, a ver la vida con ojos tranquilos, a observar y a escuchar.
Ahora era más viejo y ya supe donde podría estar mi amigo. Entonces volví a mi pueblo, y entre en mi casa. Volví mi mirada tras la puerta de entrada, y le vi. Allí estaba él.
Estaba sentado en la puerta de mi casa, esperando que llegase para contarme su viaje. Estaba esperando a que volviese de mi viaje para que le pudiese ver, se marcho entonces y no volví a verle nunca más. Mi amigo ahora es un caminante del amor.
Ya no paso nada más porque mi amigo marcho, pero marcho en paz. Su luz brillaba por toda la casa. Cuando salió una bandada de seres de luz le acompañaban y resplandecían tremendamente con sus cuerpos de luz; era como un continuo fuego de luz que no dañaba la vista. Le vi feliz, alegre, lleno de amor, y sonreí con el. Gracias a él supe que estaría bien, que había encontrado el lugar adecuado donde debía vivir. No era una cuestión de caminos perdidos por el norte, o en la propia casa, era su hora y mi amigo había marchado con su verdadera familia, más allá de los muros de la materia y el ego. Ahora era libre. No debía retenerle más con mis esperanzas de verle, debía dejarle ir, y eso hice: le dejé marchar.
A un tiempo de esto, apareció en mi casa un hombre con la piel muy clara. Era del norte. Me traía una carta en la que me llamaban a la guerra. Mi amigo había perdido la batalla y teníamos que seguir luchando por la libertad del poder de nuestro pueblo.
No estaba seguro que hacer pero descubrí lo que a todos nos cuesta aceptar, que el camino de la vida lo han escrito ya nuestros ángeles con la letra de Dios.
Volví mi mirada a la casa por última vez y marché a la guerra. Sabía que no volvería, que me quedaría en el campo de batalla, pero no me importaba. Mi vida estaba llena de amor, porque había conocido la desgracia, el odio, la vergüenza, el tiempo olvidado, y mas tarde el amor, el viento suave sobre las mejillas, el agua clara del mar sobre los pies, las flores frescas en la mañana despertándote con sus sonrisas y caricias y por ultimo, lo mas importante, la amistad, la verdadera amistad que debe surgir del autentico despertar del hombre. Ahora era libre como para morir, nada dejaba en este mundo, y así marché.
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