Hace tiempo quería escribir unas frases para recordar el valor que hay en cada uno de nosotros, para recordar quiénes somos, lo que hemos hecho y poder trabajar la autoestima, la autovaloración y el respeto personal. Ahí voy con un pequeño cuento de amor a uno mismo, a cada uno de los que leen esta web, a todas las personas que conozcáis, sobre todo a todas aquellas personas que han olvidado como levantarse de las caídas y hoy quieren recordarlo.
Había una vez una muchacha rica. Ella había conocido todo, sus padres le habían dado todo lo que pudiese imaginar. Pero ellos nunca la amaron, nunca la pudieron dar amor porque no lo conocían. Pasó mucho tiempo encerrada entre cosas, entre cantidades ilimitadas de lujos. Pero ella no conocía el amor. En su corazón siempre sentía soledad, frío, solo que ya se había acostumbrado a ello.
Sus padres le decían que era la persona más afortunada del mundo, y lo creía, siempre se veía a sí misma con belleza, con inteligencia, con dones, con capacidad de comprar lo que quisiese y de viajar a donde quisiese.
Pero un día, la bella muchacha rica se casó y toda su vida de lujos cambió. Aunque no lo sabía, acababa de iniciar un viaje de sanación y reencuentro con su ser, pero para ella entró en un mundo de miseria y vanidad.
Su marido no era el hombre que siempre había soñado, en su relación nunca hubo amor, ninguno de los dos conocía el amor, no sabían cuándo dos personas se amaban y se casaron sin haberse respetado a sí mismos antes. Ellos se maltrataban mutuamente, eran egoístas y se gritaban cada día. No se querían. Ella achacaba la culpa a él que no era de una clase tan alta como la suya, el pobre hombre, según ella pensaba, no entendía su sensibilidad y sus talentos, no entendía que para seguir siendo rica, hermosa, y afortunada, necesitaba un maridito que siempre la tratase como una reina. El achacaba la culpa a su mala educación, decía que era una mujer insoportable, vanidosa, que nunca daba nada a los demás, que se consentía todo.
Y en realidad ninguno hacía nada por cambiar y siempre esperaban que cambiase la otra persona, cada día ellos se separaban más y más.
Así un día y otro y otro se peleaban y se enseñaban las uñas hasta que, despistados en su vida personal, fueron perdiendo poco a poco todas las fortunas que tenían heredadas, y poco a poco se fueron empobreciendo hasta que les llegó la noticia que no tenían dinero ni si quiera para pagar la casa.
La pobre muchacha rica se enfureció y corriendo llamó a su padre y contó lo que había pasado pero el padre, estaba vez, no pudo ayudarla. Él estaba en sus asuntos y comprendía que su hija tenía que crecer, no la podía resolver ese problema pues ahora estaba casada con un hombre correcto que podría resolver cualquier problema, o eso pensaba el padre de la muchacha.
Él hizo lo mismo, llamó a su familia quienes se volcaron para ayudarles y un día y otro les mandaban la escasa ayuda que podían, con toda su ilusión, pero esta ayuda no bastaba para cubrir todas las deudas, todos los gastos a los cuales la joven pareja se había acostumbrado, así que al poco tiempo, dejaron de ayudarles.
La pobre muchacha entró en una gran depresión, empezó a tener ansiedad y vio como todo lo que había considerado valioso se iba de sus manos rápidamente. Su riqueza se iba, su estabilidad se iba, su juventud se iba, lo que ella creía que era el amor y una relación perfecta también se iba. Ya no le quedaba nada, ni si quiera le quedaban fuerzas para empezar de cero.
Un día temprano recogió las pocas cosas que pudo en una pequeña maleta y se marchó de la casa. Pensaba ir a casa de un tío suyo, alguna amiga, algún lugar, pero aquel lugar sólo le quitaban y le desgastaban, y después de llamar a todas las personas que conocía sin resultados caminó largo rato hasta que se sentó en un camino.
Allí se quedó sentaba sin saber dónde ir, sin coche, sin casa, sin trabajo, sin amigos reales, sin marido, sin padres que la acompañen en las tragedias, sin familia real, sin vida.
Se sentó y se vio a si misma tan horrenda, que se empezó a enfurecer con ella misma. Se decía que tenía la culpa de todo, que por su culpa había perdido todo, que ella era rica, joven, bella, y había cometido todos los errores, no se quería, se odiaba con toda su alma, hubiese preferido cualquier cosa menos a sí misma
Pero era lo único que tenía. La pobre muchacha bella no comprendía que el mayor de todos los tesoros, lo único que no le había abandonado desde que nació, fue su corazón. Su alma eterna a la que ahora tanto maldecía. Y siguió durante horas insultándose y gritándose hasta que rompió a llorar y patalear, hasta que se quedó dormida y más tarde, hasta que cayó la noche y siguió llorando alumbrada por las estrellas y protegida por los miles de ángeles que acompañaban a su ser.
A la mañana siguiente la joven se sentía renovada, parecía una nueva persona. No comprendía porqué pero tenía ganas de una nueva vida, tenía ganas de cambiar. Ya no tenía nada que perder.
Cogió de su pequeña maleta las únicas prendas de vestir que no eran de ninguna marca especial, ni habían sido tejidas a mano por grandes costureros para ella, ni habían sido compradas en las tiendas más caras, aquellas que un día su abuela le cosió hace mucho tiempo y guardó con tanto cariño. Se deshizo de casi todo lo que había en la maleta, excepto su identidad tan valiosa en estos días, y se dispuso a caminar buscando un nuevo comienzo.
A lo lejos vio una casa y decidida se dirigió a aquel lugar a buscar trabajo. Cuando llegó, llamo a la puerta; tenía la barbilla bien alta y no le importaba que le dijesen que no le daban trabajo o que no la condicionaban, comprendía que ahora mismo eso, el llamar a aquella puerta, era la única opción que tenía.
Al rato de esperar alguien abrió la puerta. Pareció el tiempo más largo del mundo. La muchacha se encontró tras la puerta con aquella persona que siempre le había estado esperando. La casa estaba llena de niños y aquel hombre le invitó a pasar. La vio tan pobre, tan mal vestida, y con tanto frío que la invitó a pasar sin preguntar nada y le invitó a comer algo.
Se notaba que había dormido en la calle y por alguna razón sintió una gran compasión por ella.
La muchacha se sintió dichosa. La casa estaba llena de niños gritando y le habían abierto la puerta, a una desconocida, la habían dado abrigo y comida y aquel hombre parecía tan amable y bueno como nadie lo había sido con ella. No comprendía lo que pasaba.
Él contó que estuvo casado muchos años y su mujer le abandonó dejándole en la casa con cuatro niños. Su madre era muy anciana y no podía ayudarle y siempre se había sentido muy solo. Necesitaba hace tiempo alguien que le ayudase a cuidar la casa y los niños para poder trabajar. Y ella confesó que nunca había trabajado, que siempre había sido consentida, pero tenía en su corazón un gran deseo de aprender y cambiar.
Así la vida llevó a la pequeña niña consentida que no recibió amor durante toda su vida, a ser una mujer valiente y vivir en un hogar lleno de vida y alegría. Porque las cosas no ocurren cuando una persona decide que deben ocurrir, sino cuando está preparada para recibirlas en su vida.
Ella abandonó su antiguo yo, abandonó su manera de ser superficial, abandonó su antigua vida y decidió con fortaleza dar un paso al frente, y cuando esto ocurre, rápidamente encontramos soluciones a nuestra vida. No hay vuelta atrás.
Yo soy el Cielo (Poema para la autoestima)
Trabajo para equilibrar la vida
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